ARIO_SUPREMO_
Miembro de Bronce
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La noche había caído sobre Lima como una sábana gris, pesada, húmeda. Desde lo alto, la ciudad parecía un organismo inmenso: avenidas encendidas como venas, edificios temblando bajo la neblina, autos arrastrándose entre bocinazos lejanos y luces rojas.
Yo volaba sobre todo eso.
No con alas visibles para los hombres, sino con una fuerza antigua que partía el viento. Mi sombra cruzaba los techos de Miraflores, se deslizaba sobre las torres de San Isidro y se perdía entre los cerros oscuros que rodeaban la ciudad. Abajo, nadie levantaba la mirada. Nadie sabía que Apolión, el Destructor, estaba suspendido sobre ellos, respirando el aire salado del Pacífico y el humo tibio de la capital.
El mar golpeaba la Costa Verde con una furia constante. Las luces de los acantilados parecían pequeñas ofrendas encendidas para un dios olvidado. Yo descendí un poco, lo suficiente para sentir cómo la neblina se abría a mi paso. Lima no dormía; murmuraba. Rezaba sin saberlo. Temía sin entender por qué.
Entonces extendí los brazos sobre la ciudad.
No vine a destruirla esa noche. Vine a contemplarla.
Porque incluso la destrucción necesita conocer aquello que algún día podría reclamar. Y Lima, inmensa, caótica, herida y luminosa, seguía respirando bajo mis pies como si la eternidad no la estuviera observando desde el cielo.
Yo volaba sobre todo eso.
No con alas visibles para los hombres, sino con una fuerza antigua que partía el viento. Mi sombra cruzaba los techos de Miraflores, se deslizaba sobre las torres de San Isidro y se perdía entre los cerros oscuros que rodeaban la ciudad. Abajo, nadie levantaba la mirada. Nadie sabía que Apolión, el Destructor, estaba suspendido sobre ellos, respirando el aire salado del Pacífico y el humo tibio de la capital.
El mar golpeaba la Costa Verde con una furia constante. Las luces de los acantilados parecían pequeñas ofrendas encendidas para un dios olvidado. Yo descendí un poco, lo suficiente para sentir cómo la neblina se abría a mi paso. Lima no dormía; murmuraba. Rezaba sin saberlo. Temía sin entender por qué.
Entonces extendí los brazos sobre la ciudad.
No vine a destruirla esa noche. Vine a contemplarla.
Porque incluso la destrucción necesita conocer aquello que algún día podría reclamar. Y Lima, inmensa, caótica, herida y luminosa, seguía respirando bajo mis pies como si la eternidad no la estuviera observando desde el cielo.