La gran mayoría de todos estos archivos se perderían para siempre, en el peor incendio que Egipto vio en la Antigüedad.
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Llamas, cenizas y tomos
Existen varias teorías relacionadas a la destrucción de la Biblioteca de Alejandría. Todas coinciden en que, entre llamas, cenizas y lamentos, el incendio se llevó más del 90 % de los tomos que ahí se habían compilado por años. Algunos de ellos eran manuscritos originales de Aristóteles, Tolomeo y otros grandes sabios de Grecia.
Por ello, el incendio de la Biblioteca de Alejandría se considera como una de las peores pérdidas de patrimonio literario, científico y cultural en la historia. Tomos enteros de filosofía, poesía, ciencias naturales y diversas áreas del saber existente se perdieron sin remedio. Tal vez sea por la misma amargura de la pérdida que a este acontecimiento lo envuelvan las tinieblas.
Hernández explica que el primer registro de este desastre data de la época del emperador romano Julio César. En el año 47 a.C., mientras visitaba a Cleopatra, el complejo palaciego fue sitiado. En medio del ataque, muchos de los libros que César pensaba llevarse a Roma fueron quemados. Algunas fuentes estiman que fueron cerca de 40 mil.
Este hecho marcó un antes y un después en la solidez de Egipto como Imperio, que ya venía en declive desde décadas atrás. “Alejandría fue entrando en una lenta e inexorable decadencia, y con ella también su Biblioteca”, se lamenta Hernández. Éste, sin embargo, no fue el último intento de destrucción para la Biblioteca de Alejandría.
La expansión musulmana contra la Biblioteca de Alejandría
El segundo golpe letal que sufrió la Biblioteca de Alejandría está datado del año 640 d.C., durante la invasión musulmana a Egipto. Si bien es cierto que los tomos restantes fueron transportados a Constantinopla, para evitar que se destruyeran, la ambición de contar con un referente cultural poderoso seguía en planes de los administradores egipcios.
Los árabes no vieron con buenos ojos que mucho del saber restante ahí fuera ‘infiel’. En aras de una expansión territorial que abarcase todo África, ésa era la excusa perfecta para deshacerse de todo lo que quedaba —e instaurar su propio régimen, con sus propios saberes, con sus propias reglas y parámetros culturales.
Con la orden del califa Omar, la premisa para los militares árabes fue la siguiente:
“Si esos libros están de acuerdo con el Corán, no tenemos necesidad de ellos, y si se oponen al Corán, deben ser destruidos”.<
Y efectivamente, la gran mayoría de los tomos contenidos todavía ahí no se alineaban a los versos musulmanes. A pesar de los intentos desesperados de algunos cuántos, los rollos se perdieron de manera definitiva. Por esta razón, algunos autores piensan que no fue un sólo incendio el que devastó la Biblioteca de Alejandría, sino que se trató de un proceso histórico paulatino.
Sea como fuere, la pérdida de siglos de saber existió. Y lo que es más: nunca tendremos acceso a ese conocimiento, que se desvaneció entre llamas, cenizas e intereses políticos.
La Biblioteca de Alejandría fue el recinto cultural más nutrido, estudiado y venerado de la Antigüedad, hasta que se destruyó en un incendio voraz.
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